La falta de coincidencia formal entre un día y el otro este año 2017, se torna simbólica, y nos desafía a reflexionar hasta qué punto los evangélicos y evangélicas en Chile comprendemos el significado de la reforma del siglo XVI, y hasta qué punto la herencia teológica y práctica de aquel complejo movimiento de reforma religiosa está presente en la vida de nuestras iglesias evangélicas.

El año 2008 el Congreso Nacional estableció el “Día Nacional de las Iglesias Evangélicas y Protestantes” como un feriado móvil, lo que dejó su fecha anual sujeta al día de la semana en que caiga el 31 de octubre (si cae en martes o miércoles, se traslada al viernes anterior).

Originalmente, como resultado del diálogo llevado a cabo en Mesas de Trabajo convocadas por el Ministerio Secretaría General de la Presidencia, el 27 de diciembre de 2005 el Presidente Ricardo Lagos instituyó el 31 de octubre, Día de la Reforma Protestante, como un día nacional para “relevar la significación histórica y social de estas expresiones de la fe cristiana en Chile.”

El acuerdo en torno a la fecha fue unánime, porque se consideró el “Día de la Reforma Protestante” como el que mejor representaba al conjunto de las iglesias evangélicas chilena. Entonces se estimó que no era bueno aspirar a un día feriado, por un lado porque así se facilitaba su celebración el mismo día en diversos espacios públicos, como el Congreso Nacional, las diversas reparticiones de gobierno, y los establecimientos educacionales; y por el otro, porque se consideró que un “feriado religioso” no era algo propio de la cultura y tradición protestante.

Este año, justamente cuando el 31 de octubre corresponde al quinto centenario de la Reforma Protestante, la fecha oficial del “Día Nacional de las Iglesias Evangélicas y Protestantes” recayó el 27 de octubre. Esta falta de coincidencia formal entre un día y el otro se torna simbólica, y nos desafía a reflexionar hasta qué punto los evangélicos y evangélicas en Chile comprendemos el significado de la reforma del siglo XVI, y hasta qué punto la herencia teológica y práctica de aquel complejo movimiento de reforma religiosa está presente en la vida de nuestras iglesias evangélicas.

Ciertamente se pueden señalar rápidamente como herencias de la Reforma algunos elementos que son comunes a nuestras iglesias evangélicas, como la centralidad y exclusividad de la Biblia como fuente de la Revelación; la importancia del acceso de todo creyente a la lectura e interpretación de la Biblia; el Cristo-centrismo de la enseñanza y predicación evangélica; la retención del Bautismo y la Santa Cena como los dos sacramentos que tienen fundamento en las Escrituras.

Pero aún en referencia a aquello que fue central en los debates de la época de la Reforma, esto es, que solamente la gracia de Dios, recibida mediante la fe (que también es un don o gracia de Dios) puede salvarnos, el panorama de nuestras iglesias se presenta menos claro. Por un lado, la conciencia de impotencia, de incapacidad de salvarse por sí mismo, de no ser merecedores del amor de Dios, y por lo tanto, de que la conversión o el cambio de vida es el resultado exclusivo del amor y la misericordia de Dios, todo esto es percibe con nitidez, tanto en los testimonios de conversión como en la predicación de las iglesias evangélicas chilenas.

Sin embargo, en lo que respecta a la vida cristiana posterior a la conversión, tanto en lo que se refiere a la relación personal con Dios, como a la pertenencia a la iglesia, el lenguaje y las prácticas se tornan bastante legalistas, dejando la impresión de que ahora todo depende del esfuerzo y de los méritos propios, y de que la salvación puede perderse si uno no cumple con las promesas hechas a Dios al momento de la conversión, o de la incorporación a la iglesia.

Pero es en el ámbito de la relación entre Iglesia y Sociedad Política (Estado, Gobierno, etc.) donde la herencia de la Reforma se hace menos visible en el mundo evangélico chileno. Mientras los pioneros de la presencia protestante en Chile, entre ellos, la figura descollante del Rev. David Trumbull, bregaron por la separación entre Iglesia y Estado y por la laicidad de este último, generando las condiciones para que cada uno pueda desarrollar la misión que le es propia, las generaciones recientes de líderes evangélicos, en su afán por competir con la Iglesia Católica, históricamente predominante en el país, han terminado procurando imitar su manera de relacionarse con el Estado. Para evitar extendernos, queda en manos de cada lector/a el desafío de identificar las evidencias de esta tendencia, además del ya mencionado “feriado evangélico.”

Por lo menos lo que queda de este año de conmemoración del quinto centenario de la Reforma Protestante, debiéramos aprovecharlo para profundizar nuestro conocimiento y comprensión de su herencia teológica y práctica, y para examinar críticamente nuestra manera de ser iglesias evangélicas en Chile.

Juan Sepúlveda González, Director de Planificación Institucional, SEPADE

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